El arte contemporáneo oscila – a veces abruptamente y con demasiada frecuencia – entre la puesta en escena de las mediocridades más descaradas y algunas maravillosas, complejísimas, extremas y fuertemente significantes producciones artísticas. Las emoción y el asombro absoluto que generan las obras de Tomás Saraceno justifican ampliamente su pertenencia a este último y selecto grupo al que pertenecen las cosas más extraordinarias: esas de las que somos testigos y simplemente nos hacen sentir felices de estar vivos. Tomás Saraceno llega al Museo Argentino de Ciencias Naturales casi puntual. Acaba de viajar 12 horas en un vuelo directo de Berlín a Buenos Aires y viene acompañado por su colega y colaborador, el ruso Adrián Krell. Entre ambos arrastran cuatro pesadas valijas, dos grandes tubos de cartón y un evidente cansancio, pero sonríen amablemente al vernos. Nuestro grupo estaba apostado en las escaleras de entrada desde temprano. Las agendas contrariadas, la discrepancia horaria y la convergencia de compromisos del artista habían atentado durante más de un mes contra la posibilidad de concretar una entrevista telefónica. Un día antes un asistente nos informó que el artista venía a Buenos Aires y nos concedería 30 minutos en persona. Nos autoconvocamos con gran antelación a la cita por temor a que el tráfico porteño atentara contra ese único lapso de tiempo concedido. Al encontrarnos, uno de nosotros mencionó que la noche anterior había soñado que el museo era tan grande, que caminaba durante horas por un sin fin de sórdidos pasillos sin nunca dar con el artista. El relato de alguna manera cobró sentido premonitorio y justificó nuestra anticipación.
En Europa, Tomás Saraceno, pertenece al minúsculo grupo de élite artístico que ha llegado lo suficientemente alto como para que sus proyectos hayan sido exhibidos en instituciones emblemáticas como el Palais de Tokyo de París (2015), Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen K21 de Düsseldorf, Alemania (2013-15), Hangar Bicocca de Milán, Italia (2012-13) y museos como el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, EEUU (2012), Museo de Arte Contemporáneo Kemper de St. Louis, EEUU (2011-12) y el Hamburguer Bahnhof en Berlín, Alemania (2011-12), entre tantos otros. Aunque el interés que suscita su trabajo es comparable al de las más grandes figuras internacionales, no hay nada de la suficiencia de la fama en Tomás Saraceno. Es conversador, habla con una cadencia cuidada y extrañamente espontánea y sonríe incluso cuando la pregunta parece incomodarlo o menciona un tema que asegura que lo enoja. Durante los 30 minutos que dura nuestro encuentro, se disculpará al menos media docena de veces por los fallidos intentos de entrevista telefónica, por el cansancio que le impide recordar los nombres científicos de algunas arañas – y que su amigo Krell apuntará con paciencia y precisión cada vez que el artista se lo pida – y hará énfasis en que en este viaje el será simplemente un estudiante.
Su entusiasmo por la inminente aventura es palpable; nuevamente ha logrado reunir en un mismo destino sus variados intereses. Durante los días siguientes formará parte de un amplio grupo de especialistas en aracnología – al que se unirán su hermana y su madre biólogas - que recorrerá la provincia de Corrientes en una expedición que tiene como objetivo registrar especies únicas de arañas en su hábitats. Nos anunciamos una vez dentro del edificio y minutos después es Martín Ramírez – Doctor en Biología, Investigador Principal del CONICET en el MACN y Profesor Adjunto en el Departamento de Ecología, Genética y Evolución (UBA-FCEyN) – quien nos recibe en persona. Saraceno menciona al instante la admiración que siente por su trabajo y Ramírez anuncia tímidamente que el montacargas dejó de funcionar. Entre todos deberemos subir por una amplia escalera caracol con peldaños de mármol gastado para llegar a destino. Cuatro niveles después estamos en un enorme salón de pisos calcáreos y techos altísimos, adornados con colosales claraboyas de vidrio que exhiben un ornamentado vitraux. La suciedad que se acumula en ellas impide que pase la luz del exterior y permite deducir la antigüedad del recinto. La habitación huele a espacio viejo y a ciencia. Las bibliotecas de madera oscura cubren por completo las paredes. A pesar de las generosas dimensiones originales del lugar, ahora es difícil circular por los estrechos pasillos que dan acceso a pequeños cubículos demarcados por tabiques de media altura formados por largas filas de archivadores. El lugar se parece bastante al laberinto del sueño. Por todos lados asoman carpetas concienzudamente rotuladas que conviven en estantes abiertos junto a grandes contenedores de plástico. Desde adentro se asoman infinidad de frascos, tubos de ensayo sellados con cintas y pequeñas cajas. Ramírez revela que el contenido son muestras de especies invertebradas recolectadas por todo el planeta que constituyen parte del extraordinario patrimonio del museo. Saraceno y Krell sonríen al escucharlo y se miran cómplices; irradian una singular y contagiosa emoción infantil mientras recorren ese extraño paraíso de la mano del que consideran un dios de la ciencia arácnida. Nos sentamos alrededor de una mesa en un pequeño espacio ganado a los muebles. Saraceno decide introducirse a sí mismo. “Realmente soy el menos importante aquí. No me gusta hablar en primera persona porque todo lo que hago es siempre con colaboradores, siempre hay alguien más. Una persona sola no puede hacer nada”. Cuando se pasa un tiempo investigando y adentrándose en la obra de un artista, es imposible no terminar empatizando con él en todas las dimensiones intelectuales y filosóficas posibles. Se logra comprender con cierta profundidad su trabajo; ciertas intenciones emocionales y hasta privadas cobran sentido. Uno de los ejes centrales que atraviesa sus obras es el de la interdependencia de los sistemas. Con cada proyecto el artista reelabora y refuerza metáforas de una misma idea: no podemos existir – ni sobrevivir – si no es en relación con lo que nos rodea. Su carta de presentación revela una atípica relación de congruencia entre su vida y su obra y es imposible pasarla por alto. Las arañas y el cosmos Tomás Saraceno nos incorpora rápidamente a su reunión de trabajo. “Estamos aquí para investigar dos especies de arañas extremadamente sociales; en grupo son capaces de construir telas de hasta 15 metros de largo, valiéndose de los árboles y de una muy compleja organización colectiva”. Mientras lo dice abre mucho sus ojos celestes y levanta las cejas con la expresión divertida de quién ha develado un gran secreto. Saraceno es tucumano y licenciado en arquitectura en la UBA; nació en 1973 y vivió su primera infancia en Italia, hasta que el fin de la dictadura militar en la Argentina trajo a su familia de regreso. Mientras estudiaba en Buenos Aires fue uniendo lentamente arte y arquitectura, hasta que una vez titulado decidió viajar a Alemania a estudiar a la Escuela de Bellas Artes Städelschule de Frankfurt. Participó también de la Universidad Internacional del Espacio de la NASA. Después de un mes y medio de intentar convencer a todos de que es posible llegar al espacio sin quemar combustibles, sus compañeros comenzaron a llamarlo “el señor de los globos”. Saraceno asegura que con estudio del cosmos puso en perspectiva al hombre en el espacio y descubrió la dependencia absoluta que tienen entre sí todos los elementos del universo. Actualmente el Studio Tomás Saraceno tiene base en Berlín, donde trabaja y reside desde hace casi dos décadas. El principal atractivo de sus proyectos artísticos es la extraordinaria síntesis a la que logra llegar interconectando disciplinas muy disímiles. Sus obras son bellas construcciones, tramas complejas y sutiles cargadas de significaciones, de simbolismos profundos, inspiraciones oníricas que se encuentran y se materializan a mitad de camino entre experimentos biológicos, exploraciones científicas, estudios artísticos, estéticos y sociales. Junto a sus colaboradores, el artista ha llevado adelante decenas de proyectos. La cantidad de factores comunes que los une hace que sea fácil adivinar sus obsesiones: el aire, la sustentabilidad, los sistemas colaborativos, la interacción participativa y, por supuesto, las arañas. Uno de los proyectos más celebrados de Saraceno realizado con arañas es “Redes híbridas” (Hybrid webs). Utilizando varillas de fibra de carbono, el artista y su equipo crearon marcos dentro de una serie de prolijas cajas de acrílico –él las describirá como “paralelepípedos donde están construidas sólo las aristas”. En ese inusual pero práctico hábitat de observación introdujeron primero una variedad de arañas. Luego, llegado un determinado punto de avance en la arquitectura de sus telas, colocaron una segunda especie.
El resultado fue una espectacular y teatral instalación de esculturas arácnidas donde pequeñas cápsulas o naves tejidas anidan dentro de otras de ingeniería visualmente más aireada y liviana. Eficazmente iluminadas en medio de una gran oscuridad, las esculturas flotan como pequeñas galaxias bordadas minuciosamente en el aire. “Lo que buscamos es generar reflexión. Cuando vienen a ver las arañas al estudio lo que producen es mucho asombro. Una vez nos visitó un sociólogo francés que yo admiro mucho; después de observarlas un rato dijo: ´ohhh entonces voy a dejar de barrer las arañas en mi casa´. Lo importante es enseñar al otro a apreciar algo que antes no apreciaba y transformar su relación con la naturaleza. A veces el ámbito natural de las arañas es la arquitectura en la cual nosotros también vivimos”. Desde su óptica, cohabitar el planeta con otras especies es inevitable, y también deseable. Martín Ramírez asiente con solemnidad e interviene. “El mundo de las arañas es muy distante. Casi no usan la vista y utilizan frecuencias de vibración que nosotros no percibimos. Muchas cosas de su mundo son realmente muy ajenas a nosotros. Pero cuando conversamos con expertos que las observan tejer durante horas y horas, cuentan cosas asombrosas que hasta entonces no entendíamos. Sin esa información, nunca sabríamos qué es realmente lo que tenemos enfrente”. Saraceno confiesa que esperaba ansiosamente trabajar con Ramírez desde que lo conoció hace unos tres años y descubrió que compartían la pasión por estos singulares insectos. La oportunidad llegó recién cuando a principios de 2016 lo invitaron a presentar una instalación de arañas en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA). Para contextualizarnos, el artista nos explica que hay unas 43.000 especies de arañas, que no todas están clasificadas y que muchos aseguran que deben existir más del doble. De las conocidas, sólo 20.000 tienen un alto grado de sociabilidad y son aquellas que viven todas juntas y construyen una misma tela. “Llegaron por caminos convergentes” – adiciona Ramírez. “Los grados intermedios de socialidad son distintos y eventos evolutivos independientes que vienen de arquitecturas de telas totalmente diferentes. En las telas orbiculares o muy simétricas las fases comunales son totalmente distintas a las que hacen telas sábana o en embudo”. En nuestro grupo intercambiamos miradas tratando de interpretar si alguno a partir de este punto podría decodificar algo de lo que estaba por venir o si lo mejor sería empezar a repreguntar ahora. Saraceno nos descubre y ríe a carcajadas. “¿Ven? Es lo que dije, yo soy el que vengo a aprender!”. “No soy tampoco un gran experto, tengo colaboradores que realmente conocen mucho más”, dice Ramírez a modo de disculpa. Parece un poco avergonzado. “Entonces mucho mejor!”, retruca el artista. “Al final del recorrido todos vamos a aprender de las arañas! Ellas van a ser las estrellas de la exposición. Les vamos a dar espacio para ver qué es lo que pueden hacer”. Adrián Krell, que minutos antes había comenzado a documentar todo con una gran cámara de foto y video, asiente divertido. Mientras la charla avanza descubrimos que parte del sentido de lo que investigarán en este viaje radica en un paper publicado por una joven mendocina. El artista lee en inglés su título “More sharing were there is less” y duda sobre cuál sería la traducción correcta. Entre todos acordamos que “Se comparte más cuando hay menos” sería adecuado. “Lo que sabíamos hasta el momento es que normalmente las andelosimus son sociales siempre que tengan suficiente espacio y comida. O sea que si las vas restringiendo, parece que el grado de sociabilidad cambia. Este estudio que dice exactamente lo contrario; me dispara todo tipo de ideas. Pienso como sería esto llevado a todos los sistemas. Disfruto ver como dos o más mundos se encuentran”. Frecuentemente le preguntan cuán diferente es el arte de la ciencia, pero Saraceno aclara que lo único que le interesa es lo que tienen en común. Lo demuestra en uno de sus últimos proyectos, “Orquesta arácnida. Sesiones de jazz” (“Arachnid Orchestra. Jam Sessions (2015)”. Haciendo uso de unas sensibles membranas como instrumentos de percusión, su equipo logró registrar y amplificar el sonido de una especie particular de arañas llamadas “tamborileras”, que utilizan sus habilidades musicales en rituales de conquista y apareamiento. Saraceno y su equipo suben a las arañas al escenario en sus casas de acrílico y junto a músicos, compositores y directores de orquesta ofrecen un inigualable concierto de jazz. “Así estamos todos agrupados, animales, no animales, humanos, más que humanos… compartiendo espacios y construyendo un diálogo”, reflexiona el artista.
Más liviano que el aire
Tomás Saraceno anhela el advenimiento de una era aerosolar. En los últimos 10 años ha sorprendido al mundo con sus esculturas flotantes e instalaciones participativas, desde donde propone y explora nuevos modos de habitar el planeta. En pos de construir su sueño, en 2006 Saraceno y su equipo crearon el primer Museo Aerosolar: un globo gigante realizado íntegramente de bolsas de plástico reutilizadas con nuevas incorporaciones – tecnología, dibujos o formas – que modifican su tamaño cada vez que realiza un nuevo viaje. La estructura se abastece íntegramente de energía solar para emprender su vuelo. El museo está concebido para usar la creatividad de los habitantes de cada localidad desde donde hace su despegue y convoca a la comunidad local a participar a través de acciones artísticas colectivas. El museo aerosolar es un proyecto siempre en proceso de construcción y ya ha viajado a Sharjah (Emiratos Arabes Unidos), el vecindario de Isola en Milán (Italia), Medellín (Colombia), Lyon (Francia), Rapperswil (Suiza), Tirana (Albania), Ein Hawd (primer asentamiento árabe con reconocimiento político en Israel), Mineapolis (Estados Unidos), antiguo aeropuerto Bonames/Kalbach (Alemania), Carmignano/Montemurlo (Italia), Arnsberg (Alemania) y recientemente Perú. En 2012, a través de la muestra participativa “Espuma de Tiempo-Espacio” (“On Space Time Foam”), Saraceno invitó a los visitantes a treparse a la cima de tres cúpulas plásticas altísimas instaladas a distintas alturas dentro del Museo Hangar Biocca de Milán, Italia. El mensaje que intentaba transmitir era simple pero muy efectivo: para continuar “flotando” y caminar en el aire, era necesario desarrollar un sistema intuitivo de trabajo colaborativo. Si todos caminaban hacia el mismo lugar, el peso de la acumulación de los cuerpos hacía que la estructura comenzara a hundirse. Para salir era indispensable generar un diálogo colectivo que permitiera a cada participante encontrar su lugar en función del mejor beneficio para la mayoría. Ese mismo año, el artista montó una extraordinaria exhibición en el Museo de Arte Metropolitano de Nueva York llamada “Ciudades voladoras/Jardines flotantes” (“Cloud Cities/Flying Gardens”). En ella, decenas de esferas transparentes viajan juntas y flotan en el aire unidas a través de redes. Lo que le permitió suspender de manera autónoma esas bellas esculturas aéreas fue el desarrollo de una fórmula personal, más elaborada, basada en el aerogel que utilizan los astronautas en sus trajes espaciales. La patentó como una nueva clase de “piel” que permite crear objetos flotantes más livianos que el aire que permanecen suspendidos gracias al uso de energía solar. Posteriormente, Tomás Saraceno y su equipo partieron de la hipótesis de que era posible lograr una estructura liviana, que pueda desplazarse por el cielo y atravesar grandes distancias sin necesidad de quemar hidrocarburos y sin energía solar y desarrollaron el Proyecto Aerocene. Para comprobar la teoría, crearon a partir de un nuevo material unas inmensas burbujas semimetalizadas y semitransparentes que sólo llevan aire en su interior. Dado que una ley física indica que el aire cálido asciende, durante el día el sol calienta el gas – el aire- y los eleva. De noche, las leyes de la termodinamia actúan a favor: el calor que desprende la masa terrestre empuja hacia arriba estos globos gigantes impidiendo que caigan. Entre el día y la noche, estas esculturas aéreas son capaces de viajar cientos de kilómetros actuando una danza de sutil oscilación vertical y trazas onduladas mientras el viento las desliza por el cielo. Este proyecto surgió del descubrimiento de unas arañas que fascinan a Saraceno llamadas balloon spiders (arañas globo). “Estas arañas vuelan haciendo ballooning”, explica el artista cuando le preguntamos sobre esta monumental obra. “Durante años hubo distintas teorías acerca de cómo esa tela quedaba flotando en el aire. Algunos decían que era gracias al viento y otros al electromagnetismo. Como eran arañas hembras ya maduras las que volaban cientos o miles de kilómetros traspasando continentes, los científicos se preguntaban cómo era que pesando tanto podían recorrer tanta distancia. Finalmente, un grupo de investigadores las encontró en Namibia y vieron como funcionaba este sistema: muchas arañas de la misma especie se subían al mismo tiempo a los arboles y empezaban a largar todos sus hilos. Era un hilo hecho de la misma seda que usan habitualmente pero, cada una determinada cantidad de centímetros, adicionaban un tipo de pegamento. Estos cientos de hilos se van extendiendo y el viento los une en el aire, tejiéndolos como a una vela. Como la vela tiene más resistencia que el hilo, las arañas se desprenden de los árboles y vuelan todas juntas como en un barrilete tejido.” Aerocene se ha convertido en un proyecto de largo plazo y en continuo crecimiento. A través de una página web propia (www.aerocene.com) invitan a todo el que quiera sumarse a la experiencia de cada nuevo lanzamiento para ver como despegan y viajan estas mágicas criaturas aéreas creadas por el artista. Resulta difícil deducir qué es lo que tendremos oportunidad de ver en la instalación que Tomás Saraceno presentará en el 2017 en Buenos Aires. Cuando le preguntamos en qué tipo de propuesta cree que se convertirá lo que van a buscar a Corrientes, parece preocuparse y tarda unos segundos en responder. Nos observa como si hubiéramos pasado por alto algo que ya deberíamos haber podido comprender. “Yo no busco, encuentro”, dice enfáticamente. “Esto lo decía Picasso, pero tomo sus palabras. Yo creo en el proceso y en lo que pueda hacerse a partir de allí. Un amigo cercano es cineasta y cuando se enteró de nuestro viaje me preguntó si podía venir a documentar lo que hacemos. Por supuesto dije que sí. Tal vez de allí salga un film que sea interesante mostrar en una sala… quién sabe en lo que se convierte. Lo que hacemos hoy lo inventamos ayer.”